¿De verdad es Semana Santa?
El día de ayer Domingo de Ramos pasó con más pena que gloria. Pena infinita, para los que sienten esta semana desde el último instante del año anterior, donde guardaron los varales pensando en el siguiente.
Angustia y dolor para los que tenían su sitio reservado detrás del Cristo o en la primera fila de las calles oficiales. Una ilusión ahogada para los pequeños que este año no saldrán en familia para hacer su bola de cera con colores.
Pasó el día grande sin multitudes, sin bullas ni estrenos de uniformes, sin saetas ni lágrimas en público. Con todos los portones cerrados, nos quedamos sin nuestra fiesta de fe.
Pero nos resistimos, a quedarnos sin el soniquete de la banda, de la marcha anunciante de la llegada de la Virgen.
Se escuchan las trompetas tras los muros de las casas, se ven las palmas colgadas en los balcones y las telas engalanando los rincones.
Los pequeños siguen soñando con que están bajo el paso, hecho de cartón y cinta celo. Y se ponen su túnica, que no podrán lucirla en las calles, pero si pasarla con orgullo por el pasillo de casa.
Se huele el incienso y se ora en silencio. Se llora a escondidas.
Lunes santo… toda una semana sin el vaivén del gentío devoto.
Será el año que viene, será cuando el cielo mande. Será cuando pase esta prueba de resistencia cual penitencia global.
Fuertes surgiremos y más fuertes volveremos. Porque nos esperarán los pasos, los nazarenos, las bandas, las flores, las alegrías de verla, las promesas… Todo esperará mientras haya salud entre los nuestros. Y nos esperaremos en la esquina de Campana como si esto hubiese sido un mal sueño.









